Y un día, se produjo el milagro.
Es que los milagros se dan así, como un suspiro, una brisita que llega por una ventana del cielo que se dejó abierta un ángel distraído en pleno vuelo.
Nosotros estábamos de la mano, nos las apretábamos con una mezcla fantástica de ternura y fuerza. Era el instante en que nos convertiríamos en dueños del mundo, el momento en que no nos importaría nada más, pasase lo que pasase solo pensaríamos en nosotros. Es curioso, pero a nosotros nos cuesta pensar solo en nosotros, no lo había pensado.
Decía que el milagro estaba gestándose, de un momento a otro nos llenaría de luz. Una cara con ojos tan emocionados como asustados, me miraba diciéndome sin decir: Solo espero que todo vaya bien, que salga todo como esperamos, nada más. Claro –contestaba yo, sin hablar- saldrá todo bien, es todo lo que deseo. Y quiero que vos estés tranquila. ¿Quién puede estar tranquilo cuando sabe que en unos minutos verá un sirena? En fin, era mi modo de convencerme de que debía relajarme un poco. No me lo creía, seguía ansioso.
De pronto se abrieron las aguas como en el Mar Rojo de Moisés, se escuchaba el ruido del mar de la vida, el rumor de olitas chiquitas que se escondían tras la tela verde. Silencio… Un breve chapoteo… Y más silencio…
Del mar no se escuchaba casi nada, apenas un murmullo húmedo, hasta que de pronto emergió la sirenita. Única habitante del mar de la vida, dueña de todas nuestras lágrimas. Cuando vi su manita abriéndose paso en el aire del mundo de los hombres, casi me derrumbo, dio una brazada buscando equilibrio para sacar el cuerpito y nos conmovió como si hubiera dado un pase mágico. Estos breves instantes me acompañarán siempre, serán mi motor cuando no tenga más energía, serán mi luz cuando toda luz se haya apagado. Será el recuerdo del momento más feliz de mi vida.
Primero las piernitas, luego aquella manita, el otro brazo, la cabeza. Nuestra niña ya estaba afuera. Ya estaba con nosotros, a ver si podemos hacértela pasar bien. Nos dedicaremos a eso, viviremos por eso. Este mundo puede tener sus detalles, pero encontrando la vuelta, no está tan mal, puede ser maravilloso. Al fin y al cabo es lo que tenemos. Te estábamos esperando sirenita. Bienvenida, Ona. Que seas muy feliz.
RECUERDOS DE LA LUNA
Alrededor de 1978 viajé a la luna.
Fue un viaje interesante, lo desvelo hoy como un secreto largamente guardado, sin dudas la gente recuerda a los Amstrong, Aldrin y Collins que lo hicieron en el 69. Yo lo hice nueve años después. Ellos salieron de Florida y yo de Argentina.
Pero quisiera ir por partes y contarte cómo surgió el proyecto.
Una siesta tremenda, de esas en que parece que la fruta madura de un solo golpe a 40 grados a la sombra, estaba yo en el fondo de la casa de mis abuelos. Sentado en el medio del patio, anotando en una libretita las vueltas que contaba al atleta que giraba en círculos a toda marcha. Se trataba de mi tío Juan, un tipo fantástico, dueño de un sentido del humor inmenso, capaz de hacer reír a un samurai con dolor de muelas. Éste corría enfundado en un traje de plástico azul petróleo que me tenía fascinado; y al ver mi cara de asombro, había coronado magistralmente el uniforme con un casco de moto blanco con un cristal de burbuja. El atuendo poco convencional se debía a no se qué ansias por bajar de peso a fuerza de perder litros de sudor. Él corría y se reía, pero yo estaba muy serio entregado a mi misión de notario.
En un momento le pregunté: Juan, ese traje es de astronauta o me parece a mi? Efectivamente, me dijo, me lo mandaron de Estados Unidos.
Creo que abrí la boca más grande que el león de la metro, no podía creer que la suerte fuera tan oportuna, un tío astronauta, mi sueño al alcance de la mano. Le pregunté si tenía previsto viajar al espacio y me dijo que sí, que muy pronto partiría a la Luna. Y cerró su frase con la pregunta. El mundo entero dejó de sonar, no era capaz de escuchar nada más, solo resonaban en mi cabeza sus últimas palabras: Querés venir?
No hace falta que te diga que me puse a correr detrás de él. La libretita quedó en el suelo, posiblemente tendríamos que pensar en reclutar a otro notario, pero ahora no había tiempo para eso. Ahora había que correr para prepararse.
Exhaustos nos tiramos a la sombra, para reponer el aliento. Era mi momento, debía empezar a saborear mi nueva profesión, entonces le dije: Juan, y a mí cuando me mandan el traje? En una semana, quizás dos. Listo, no dormiría por dos semanas, me veía con el traje yendo al colegio, para habituarme claro. No importaba que me vieran las compañeras y cayeran a los pies del astronauta. Ni que me regalaran cosas en los recreos los muchachos. Seguro serían muchos los que pedirían una piedrita de la luna, pero los tendría que convencer para que desistan. Esto era serio, no se puede pensar en piedritas, pero a esas cosas las sabíamos los astronautas, ellos eran niños.
El estado de excitación fue en incremento, más aún cuando mi tío Juan me recordaba detalles y elementos que debíamos llevar. Sí sí, claro no te preocupes, yo me acordaré de todo.
Una noche de diciembre de 1979, partimos de San Juan, Argentina. Serían las 10 u 11 de la noche, 2200 o 2300 como decimos los astronautas cuando empezó la cuenta regresiva. Cinco, cuatro, tres ,dos, uno… Todo sucedió muy de prisa, volar y perder la gravedad, de pronto flotábamos dentro de la nave riéndonos nerviosos. Llegamos a la Luna muy pronto. Bajamos, pisamos el suelo polvoriento y a lo lejos se veía la Tierra, allí estarán mis padres pensé. Aproveché ese momento para ir a hacer pis, tiré la cadena, volví a la cama y me hizo falta un poco de concentración para volver a la luna. Una experiencia inolvidable, tiene razón Armstrong cuando lo dice.
Después no volvimos a ir. Será que nos hemos olvidado. Si lo conocés a mi tío Juan, decile que te lleve. Y ni se te ocurra decirle que sabés que no es verdad, a él le gusta que sea así. Todas las noches me acuerdo de él, cuando miro la luna pensando que deberá estar llena de tíos Juanes llevando sobrinos a soñar.
Gracias Juan, te debo un pasaje.
Fue un viaje interesante, lo desvelo hoy como un secreto largamente guardado, sin dudas la gente recuerda a los Amstrong, Aldrin y Collins que lo hicieron en el 69. Yo lo hice nueve años después. Ellos salieron de Florida y yo de Argentina.
Pero quisiera ir por partes y contarte cómo surgió el proyecto.
Una siesta tremenda, de esas en que parece que la fruta madura de un solo golpe a 40 grados a la sombra, estaba yo en el fondo de la casa de mis abuelos. Sentado en el medio del patio, anotando en una libretita las vueltas que contaba al atleta que giraba en círculos a toda marcha. Se trataba de mi tío Juan, un tipo fantástico, dueño de un sentido del humor inmenso, capaz de hacer reír a un samurai con dolor de muelas. Éste corría enfundado en un traje de plástico azul petróleo que me tenía fascinado; y al ver mi cara de asombro, había coronado magistralmente el uniforme con un casco de moto blanco con un cristal de burbuja. El atuendo poco convencional se debía a no se qué ansias por bajar de peso a fuerza de perder litros de sudor. Él corría y se reía, pero yo estaba muy serio entregado a mi misión de notario.
En un momento le pregunté: Juan, ese traje es de astronauta o me parece a mi? Efectivamente, me dijo, me lo mandaron de Estados Unidos.
Creo que abrí la boca más grande que el león de la metro, no podía creer que la suerte fuera tan oportuna, un tío astronauta, mi sueño al alcance de la mano. Le pregunté si tenía previsto viajar al espacio y me dijo que sí, que muy pronto partiría a la Luna. Y cerró su frase con la pregunta. El mundo entero dejó de sonar, no era capaz de escuchar nada más, solo resonaban en mi cabeza sus últimas palabras: Querés venir?
No hace falta que te diga que me puse a correr detrás de él. La libretita quedó en el suelo, posiblemente tendríamos que pensar en reclutar a otro notario, pero ahora no había tiempo para eso. Ahora había que correr para prepararse.
Exhaustos nos tiramos a la sombra, para reponer el aliento. Era mi momento, debía empezar a saborear mi nueva profesión, entonces le dije: Juan, y a mí cuando me mandan el traje? En una semana, quizás dos. Listo, no dormiría por dos semanas, me veía con el traje yendo al colegio, para habituarme claro. No importaba que me vieran las compañeras y cayeran a los pies del astronauta. Ni que me regalaran cosas en los recreos los muchachos. Seguro serían muchos los que pedirían una piedrita de la luna, pero los tendría que convencer para que desistan. Esto era serio, no se puede pensar en piedritas, pero a esas cosas las sabíamos los astronautas, ellos eran niños.
El estado de excitación fue en incremento, más aún cuando mi tío Juan me recordaba detalles y elementos que debíamos llevar. Sí sí, claro no te preocupes, yo me acordaré de todo.
Una noche de diciembre de 1979, partimos de San Juan, Argentina. Serían las 10 u 11 de la noche, 2200 o 2300 como decimos los astronautas cuando empezó la cuenta regresiva. Cinco, cuatro, tres ,dos, uno… Todo sucedió muy de prisa, volar y perder la gravedad, de pronto flotábamos dentro de la nave riéndonos nerviosos. Llegamos a la Luna muy pronto. Bajamos, pisamos el suelo polvoriento y a lo lejos se veía la Tierra, allí estarán mis padres pensé. Aproveché ese momento para ir a hacer pis, tiré la cadena, volví a la cama y me hizo falta un poco de concentración para volver a la luna. Una experiencia inolvidable, tiene razón Armstrong cuando lo dice.
Después no volvimos a ir. Será que nos hemos olvidado. Si lo conocés a mi tío Juan, decile que te lleve. Y ni se te ocurra decirle que sabés que no es verdad, a él le gusta que sea así. Todas las noches me acuerdo de él, cuando miro la luna pensando que deberá estar llena de tíos Juanes llevando sobrinos a soñar.
Gracias Juan, te debo un pasaje.
EL HUERTO DE LAS SONRISAS
Tengo un amigo que es dueño de todo el mundo.
Camina entre las berenjenas con la cautela de un equilibrista, pone cuidadoso un pie delante del otro. Se le meten terrones de tierra fértil por la boca de la zapatilla y pareciera que lo disfrutara más. De un salto de los suyos, de esos saltos de atleta octogenario, se enfila entre los pimientos; rojos, verdes, rojos, verdes. Gira a la derecha y se sumerge en un océano de cebollas, el mar verde azulado le acaricia las rodillas, él camina mirando hacia el cielo, pero es incapaz de pisar una sola planta. Más adelante están los ajos que se agitan a su paso como si quisieran hacerle cosquillas para darle la bienvenida.
Así son las mañanas de mi amigo Joan, el bisabuelo de mi hija. Un catalán de piel dorada que reparte sonrisas con la misma generosidad que tira semillas en los surcos o riega las plantitas lleno de esperanza. En su huerto tiene los mejores melocotones del mundo, los mismísimos que merecieran el halago de Johan Cruyf, la medalla que ostenta el Joan desde hace años. También tiene manzanas que le pesan a las ramas de unos árboles que casi tienen su misma edad. Unas peras por allí, uvas, lechugas, alcachofas. Tiene unas perras que lo adoran, un ejército de gatos que a su llamado vienen en tropel como el séptimo de gatería. Le gustan tanto sus amigos que hasta tiene un pez grandote y gris al que le da pan en la boca.
Lo tiene todo allí, en su hectárea. En su mundo. Dueño de todo el mundo, poseedor de una sonrisa que te puede cortar, en un solo segundo, años de angustia.
Hoy vino a traerle sus cerezas a su nieta, dejó la bolsita, se rió un poco y se fue como solo él sabe irse, caminando con la certeza de que va por el camino correcto. Estaba apurado, tenía que volver al mundo, adonde reina la flor, vuelan los ladridos y él se gira y se ríe con un melocotón, de los de Cruyf, rezumando sus lágrimas rosadas que se le cuelan al Joan entre los dedos. Lágrimas de risa, claro.
Camina entre las berenjenas con la cautela de un equilibrista, pone cuidadoso un pie delante del otro. Se le meten terrones de tierra fértil por la boca de la zapatilla y pareciera que lo disfrutara más. De un salto de los suyos, de esos saltos de atleta octogenario, se enfila entre los pimientos; rojos, verdes, rojos, verdes. Gira a la derecha y se sumerge en un océano de cebollas, el mar verde azulado le acaricia las rodillas, él camina mirando hacia el cielo, pero es incapaz de pisar una sola planta. Más adelante están los ajos que se agitan a su paso como si quisieran hacerle cosquillas para darle la bienvenida.
Así son las mañanas de mi amigo Joan, el bisabuelo de mi hija. Un catalán de piel dorada que reparte sonrisas con la misma generosidad que tira semillas en los surcos o riega las plantitas lleno de esperanza. En su huerto tiene los mejores melocotones del mundo, los mismísimos que merecieran el halago de Johan Cruyf, la medalla que ostenta el Joan desde hace años. También tiene manzanas que le pesan a las ramas de unos árboles que casi tienen su misma edad. Unas peras por allí, uvas, lechugas, alcachofas. Tiene unas perras que lo adoran, un ejército de gatos que a su llamado vienen en tropel como el séptimo de gatería. Le gustan tanto sus amigos que hasta tiene un pez grandote y gris al que le da pan en la boca.
Lo tiene todo allí, en su hectárea. En su mundo. Dueño de todo el mundo, poseedor de una sonrisa que te puede cortar, en un solo segundo, años de angustia.
Hoy vino a traerle sus cerezas a su nieta, dejó la bolsita, se rió un poco y se fue como solo él sabe irse, caminando con la certeza de que va por el camino correcto. Estaba apurado, tenía que volver al mundo, adonde reina la flor, vuelan los ladridos y él se gira y se ríe con un melocotón, de los de Cruyf, rezumando sus lágrimas rosadas que se le cuelan al Joan entre los dedos. Lágrimas de risa, claro.
SIGUE LLOVIENDO
Clin clin, clin clin…
Serán las tres de la tarde, estoy sentado en la galería de mi casa, tengo seis años y la lluvia canta sobre el techo de chapa. Clin clin, clin clin…
El olor de la tierra mojada se me ocurre hoy entrañable, quisiera sentirlo ahora mismo y que se quedara de fondo para siempre. Clin clin, clin clin… He visto tantas lluvias, veré tantas también. Me fascina la lluvia, con un pequeño esfuerzo podría acordarme de cada una, de cada lluvia que vi en mi vida. He visto llover en los sitios más distantes. Vi tormentas en el Amazonas, tímidas lluviecitas que a duras penas parecían un estornudo sobre el desierto. Estuve horas gozando bajo la lluvia con el mar andaluz a la cintura. He caminado kilómetros bajo una cortina plateada que caía incesante. He reído como loco cuando parecía que el cielo entero se derramaba sobre San Marcos Sierras.
A veces veo una nube perdida deambulando por aquí y quisiera poder pedirle que se vaya a San Juan, a la casa de la esquina y que si ve un niño sentado en la galería le cante: Clin clin, clin clin…
De ella también depende que algún día sea un hombre lleno de felices recuerdos.
Serán las tres de la tarde, estoy sentado en la galería de mi casa, tengo seis años y la lluvia canta sobre el techo de chapa. Clin clin, clin clin…
El olor de la tierra mojada se me ocurre hoy entrañable, quisiera sentirlo ahora mismo y que se quedara de fondo para siempre. Clin clin, clin clin… He visto tantas lluvias, veré tantas también. Me fascina la lluvia, con un pequeño esfuerzo podría acordarme de cada una, de cada lluvia que vi en mi vida. He visto llover en los sitios más distantes. Vi tormentas en el Amazonas, tímidas lluviecitas que a duras penas parecían un estornudo sobre el desierto. Estuve horas gozando bajo la lluvia con el mar andaluz a la cintura. He caminado kilómetros bajo una cortina plateada que caía incesante. He reído como loco cuando parecía que el cielo entero se derramaba sobre San Marcos Sierras.
A veces veo una nube perdida deambulando por aquí y quisiera poder pedirle que se vaya a San Juan, a la casa de la esquina y que si ve un niño sentado en la galería le cante: Clin clin, clin clin…
De ella también depende que algún día sea un hombre lleno de felices recuerdos.
CORAJE MUCHACHA
Cuando la vi me llamó la atención por su pañuelo al cuello. Se advertía un toque de elegancia que no daba el brazo a torcer a la realidad. El pelo, plateado, natural, experiencia cabello a cabello. Venía con su pasito vacilante hacia la caja, sacó un paquete de fideos, un par de calditos, una lata de tomates y una larga y escuálida barra de pan. Doce con cincuenta, sacó la cantidad exacta de su monedero y se fue caminando a la velocidad que le permite ese dolor de rodilla que parece no tener solución.
Me quedé pensando en la señora del pañuelo al cuello, en su porte digno y amable. Pensé en los fideos que haría ese día, en la ración justa de su compra. Traté de seguirla con mi carro quincenal, hasta fantaseé con la posibilidad de acercarme a darle algo para aportar a su magra bolsita.
Aquí deberían estar los economistas y síndicos que elaboran planes e informes de miles de páginas, tratando de reflejar los índices económicos. En las cajas de supermercado se ve la realidad.
Cada invierno aceptan el incremento de la pobreza, imposible de evitar en los poblados cajeros de los bancos. Convertidos en verdaeras residencias nocturnas de quienes no tienen más techo que un cartón. No señores, se puede ver a plena luz del día, en estas microscópicas operaciones comerciales.
Hoy volví a ver a la dama del pañuelo al cuello en el super, y cuando los opacos ojos de la cajera le dijeron siete con cincuenta, me di cuenta que vamos mal. Mal.
Me quedé pensando en la señora del pañuelo al cuello, en su porte digno y amable. Pensé en los fideos que haría ese día, en la ración justa de su compra. Traté de seguirla con mi carro quincenal, hasta fantaseé con la posibilidad de acercarme a darle algo para aportar a su magra bolsita.
Aquí deberían estar los economistas y síndicos que elaboran planes e informes de miles de páginas, tratando de reflejar los índices económicos. En las cajas de supermercado se ve la realidad.
Cada invierno aceptan el incremento de la pobreza, imposible de evitar en los poblados cajeros de los bancos. Convertidos en verdaeras residencias nocturnas de quienes no tienen más techo que un cartón. No señores, se puede ver a plena luz del día, en estas microscópicas operaciones comerciales.
Hoy volví a ver a la dama del pañuelo al cuello en el super, y cuando los opacos ojos de la cajera le dijeron siete con cincuenta, me di cuenta que vamos mal. Mal.
FAROLITOS
Vaya al hotel antes de que se haga de noche, me dijo.
Eran mis primeros minutos en Villazón, una ciudad olvidada, más llena de barro que de gente. Un enclave entre Argentina y Bolivia, está en territorio boliviano, pero nadie en ese país se acuerda de Villazón, menos de su gente. El puente de cien metros que la separa de La Quiaca la deja muy lejos de Argentina, la necesidad de su gente, la deja lejos de Bolivia.
El camino al hotel, por callecitas enlodadas, coronadas por monumentales torres de alumbrado público, solo se vio alterado por el ladrido de algún perro. Todo es calma en esta ciudad de gente sumisa, amable y tranquila. Hasta el reloj parecía más lento a medida que me adentraba en dirección a la plaza central.
Un par de horas más tarde la noche ya se había apropiado de todo. ¿Por qué no encienden las luces de la calle? -pregunté. Porque están ahí, pero no funcionan, me contestó con total naturalidad el conserje. Empezaba el recorrido por la ciudad de la oscuridad.
En los primeros metros me sorprendí por un telaraña de silbidos que ensordecía, una congestión sonora impresionante, sin ritmo ni sentido. Un poco más habituado, como quien adapta sus ojos tras encandilarse, empecé a diferenciar los silbidos. No se podía ver a un metro en la oscuridad opaca de Villazón. La gente se saludaba con silbidos, unos desde esta esquina, los otros desde vaya uno a saber dónde. Hasta parecían establecer pequeñas conversaciones con la intención de un silbido distinto a otro. Alguien silbaba con potencia desde un banco de la plaza y si escuchaba la respuesta, partía al encuentro de su amigo.
No podía creer lo que escuchaba, el poder de la comunicación en boca de personas que se fueron adaptando gracias a su total carencia. Menos aún, podía creer lo que había visto esa misma tarde, las torres de alumbrado colocadas por algún gobierno como si se tratara de esculturas o adornos de una promesa urbana.
Villazón y su gente, son muy pobres, expuestos al abuso de quienes prometiendo luz, van sucediéndose en la administración. Son tan pobres que no se veía una sola linterna, ni una luz que invitara a sosegar ese paseo a tientas por las calles embarradas. Tan pobres que se me ocurrió comentarlo con un joven de allí, entre silbido y silbido. Me dijo que las noches eran muy lindas en su pueblo, que se conocían todos por el metal de su silbido y que las noches de luna llena eran una verdadera fiesta. Entonces cambié de opinión, me di cuenta que la pobreza existía en los que nos dábamos cuenta que faltaba luz, pero ellos están llenos de riqueza a fuerza de pulmón. Y que sus ganas de encontrarse les enciende un farolito a cada uno, en el corazón.
Eran mis primeros minutos en Villazón, una ciudad olvidada, más llena de barro que de gente. Un enclave entre Argentina y Bolivia, está en territorio boliviano, pero nadie en ese país se acuerda de Villazón, menos de su gente. El puente de cien metros que la separa de La Quiaca la deja muy lejos de Argentina, la necesidad de su gente, la deja lejos de Bolivia.
El camino al hotel, por callecitas enlodadas, coronadas por monumentales torres de alumbrado público, solo se vio alterado por el ladrido de algún perro. Todo es calma en esta ciudad de gente sumisa, amable y tranquila. Hasta el reloj parecía más lento a medida que me adentraba en dirección a la plaza central.
Un par de horas más tarde la noche ya se había apropiado de todo. ¿Por qué no encienden las luces de la calle? -pregunté. Porque están ahí, pero no funcionan, me contestó con total naturalidad el conserje. Empezaba el recorrido por la ciudad de la oscuridad.
En los primeros metros me sorprendí por un telaraña de silbidos que ensordecía, una congestión sonora impresionante, sin ritmo ni sentido. Un poco más habituado, como quien adapta sus ojos tras encandilarse, empecé a diferenciar los silbidos. No se podía ver a un metro en la oscuridad opaca de Villazón. La gente se saludaba con silbidos, unos desde esta esquina, los otros desde vaya uno a saber dónde. Hasta parecían establecer pequeñas conversaciones con la intención de un silbido distinto a otro. Alguien silbaba con potencia desde un banco de la plaza y si escuchaba la respuesta, partía al encuentro de su amigo.
No podía creer lo que escuchaba, el poder de la comunicación en boca de personas que se fueron adaptando gracias a su total carencia. Menos aún, podía creer lo que había visto esa misma tarde, las torres de alumbrado colocadas por algún gobierno como si se tratara de esculturas o adornos de una promesa urbana.
Villazón y su gente, son muy pobres, expuestos al abuso de quienes prometiendo luz, van sucediéndose en la administración. Son tan pobres que no se veía una sola linterna, ni una luz que invitara a sosegar ese paseo a tientas por las calles embarradas. Tan pobres que se me ocurrió comentarlo con un joven de allí, entre silbido y silbido. Me dijo que las noches eran muy lindas en su pueblo, que se conocían todos por el metal de su silbido y que las noches de luna llena eran una verdadera fiesta. Entonces cambié de opinión, me di cuenta que la pobreza existía en los que nos dábamos cuenta que faltaba luz, pero ellos están llenos de riqueza a fuerza de pulmón. Y que sus ganas de encontrarse les enciende un farolito a cada uno, en el corazón.
DESTIERRO
Cuánto hace que dejaste tu país?
Sin tiempo para pensar una respuesta, el pintor contesta: 32 años. Se le ve en los ojos que siempre tiene la respuesta lista, que cada día repasa la suma y sería incapaz de equivocarse en una sola hora el tiempo que lleva lejos de su tierra.
Ni tres largas décadas han sido capaces de hacerle olvidar el olor de Montevideo, los colores de los barcos que se mecían en el puerto aquel miércoles ventoso de abril, cuando él zarpaba a tierras lejanas. No importaba a dónde, pues bastó salir a mar abierto para estar lejos. Para ausentarse, para estrenar la vida de una nueva persona. La de aquel hombre gris que piensa en volver, cada día, desde hace 32 años.
Con el tiempo se fue acostumbrando al sabor de la cerveza, al café más cargado, a saludar con un golpe de cabeza en vez de cruzar miradas, sonrisas y palabras. Se acostumbró a ver el fútbol sin apenas un poquito de pasión, a vivir en una casa pequeña y a tener una vida común.
El pintor fue tomando los colores de la ciudad que lo acogió, fue dando a los estridentes tonos latinos de su infancia, una vuelco hacia los grises y ocres importados made in europe.
Parece de aquí, pero seguirá siendo siempre de allí.
Cada día ,desde hace 32 años, quisiera estar un rato en su país, sin otro motivo que pararse frente a la tumba de su padre para hacerle una sola pregunta. Cada día, desde hace 32 años, sueña que se para en ese lugar sagrado y dice: Papá, estás orgulloso de mi?
Carlos, amigo, pintor, yo se que a cada minuto, en cada instante, desde donde sea, tu padre está orgulloso de ese muchacho que cuenta las horas de ausencia de su Montevideo natal. Solo cerrá los ojos y escuchalo. Sumar tiempo no es sumar amor. O sí.
Sin tiempo para pensar una respuesta, el pintor contesta: 32 años. Se le ve en los ojos que siempre tiene la respuesta lista, que cada día repasa la suma y sería incapaz de equivocarse en una sola hora el tiempo que lleva lejos de su tierra.
Ni tres largas décadas han sido capaces de hacerle olvidar el olor de Montevideo, los colores de los barcos que se mecían en el puerto aquel miércoles ventoso de abril, cuando él zarpaba a tierras lejanas. No importaba a dónde, pues bastó salir a mar abierto para estar lejos. Para ausentarse, para estrenar la vida de una nueva persona. La de aquel hombre gris que piensa en volver, cada día, desde hace 32 años.
Con el tiempo se fue acostumbrando al sabor de la cerveza, al café más cargado, a saludar con un golpe de cabeza en vez de cruzar miradas, sonrisas y palabras. Se acostumbró a ver el fútbol sin apenas un poquito de pasión, a vivir en una casa pequeña y a tener una vida común.
El pintor fue tomando los colores de la ciudad que lo acogió, fue dando a los estridentes tonos latinos de su infancia, una vuelco hacia los grises y ocres importados made in europe.
Parece de aquí, pero seguirá siendo siempre de allí.
Cada día ,desde hace 32 años, quisiera estar un rato en su país, sin otro motivo que pararse frente a la tumba de su padre para hacerle una sola pregunta. Cada día, desde hace 32 años, sueña que se para en ese lugar sagrado y dice: Papá, estás orgulloso de mi?
Carlos, amigo, pintor, yo se que a cada minuto, en cada instante, desde donde sea, tu padre está orgulloso de ese muchacho que cuenta las horas de ausencia de su Montevideo natal. Solo cerrá los ojos y escuchalo. Sumar tiempo no es sumar amor. O sí.
ESPANTAPÁJAROS
Mi abuelo era un espantapájaros.
Asustaba a cualquiera. Él dejaba que se acercaran un poco, con su aspecto afable edificado bajo el sombrero. Era difícil encontrarle el lado flaco, se encargaba de contarle las costillas a quien se pusiera enfrente con una maestría que sorprendería a Sherlock Holmes. Sabía de donde venía la gente, qué hacía en el medio y hacia dónde iría luego. Lo percibía en el aire.
Si de repente sentía el aroma de la insensatez, tiraba una mirada como latigazo que hacía que quien estuviera enfrente se despidiera reconociendo vaya a saber qué error. Se espantaba y salía volando.
Mi abuelo, ese hombre de pocas palabras, seguro eran pocas porque se encargaba de cumplirlas y ser consecuente con cada una de ellas, era un espantapájaros. Con una imagen imponente, bastaba acercarse sin miedo y conocerle para saber que era de trapo, sencillo, blando. Con un corazón que de grande se le podía salir de la camisa en cualquier instante. Con perseverancia protegía un solo huerto, el de la familia.
A la sombra de aquel hombretón de sombrero perenne, nacieron plantas. Sus plantas, unas dulces, otras no, unas picantes, otras plantas, nada más. Las plantas del gran espantapájaros crecieron hasta dar sus frutos. Del mismo modo fueron naciendo, unos dulces otros no.
Aquí está uno de ellos. A veces cierro los ojos ante un peligro y se que él se encarga de espantar a quien aceche, los abro y veo alejarse la sombra larga con sombrero. Mi abuelo es un gran espantapájaros.
Asustaba a cualquiera. Él dejaba que se acercaran un poco, con su aspecto afable edificado bajo el sombrero. Era difícil encontrarle el lado flaco, se encargaba de contarle las costillas a quien se pusiera enfrente con una maestría que sorprendería a Sherlock Holmes. Sabía de donde venía la gente, qué hacía en el medio y hacia dónde iría luego. Lo percibía en el aire.
Si de repente sentía el aroma de la insensatez, tiraba una mirada como latigazo que hacía que quien estuviera enfrente se despidiera reconociendo vaya a saber qué error. Se espantaba y salía volando.
Mi abuelo, ese hombre de pocas palabras, seguro eran pocas porque se encargaba de cumplirlas y ser consecuente con cada una de ellas, era un espantapájaros. Con una imagen imponente, bastaba acercarse sin miedo y conocerle para saber que era de trapo, sencillo, blando. Con un corazón que de grande se le podía salir de la camisa en cualquier instante. Con perseverancia protegía un solo huerto, el de la familia.
A la sombra de aquel hombretón de sombrero perenne, nacieron plantas. Sus plantas, unas dulces, otras no, unas picantes, otras plantas, nada más. Las plantas del gran espantapájaros crecieron hasta dar sus frutos. Del mismo modo fueron naciendo, unos dulces otros no.
Aquí está uno de ellos. A veces cierro los ojos ante un peligro y se que él se encarga de espantar a quien aceche, los abro y veo alejarse la sombra larga con sombrero. Mi abuelo es un gran espantapájaros.
SOLEDAD
Ella camina de la cocina al comedor, se la ve tan vacilante que hace pensar que no conoce el camino. En sus manos la pila de platos canta en un tintinear sinfónico. La melodía rebota en cada rincón de la casa, sube vaporizado y vuelve al tocar en el ángulo donde la pared se vuelve techo.
En su paseo tambaleante se cruza con Carlos, se saludan, hablan de todo y nada al mismo tiempo, se vuelven a saludar, se dejan. Sigue su rumbo hacia el comedor que parece alejarse, la casa ha tomado una dimensión terrible. Casi ni se ve la puerta del dormitorio, la cocina quedó lejos y ese comedor que aún se niega a aparecer. Unos pasos más adelante se encuentra con su madre. Cuánto tiempo hacía que no se veían, se miran, se reconocen tocándose las manos, apenas si se dibuja una sonrisa en sus rostros detrás de el velo de lágrimas. Sigue caminando con la compañía inconfundible del perfume materno, ya debe estar cerca el comedor, piensa.
Los platos revelan cada paso, se tocan y vibran, se calman, vuelven a cantar. Se encuentra con su hijo, aquel que vive lejos, miradas, besos, lo abrazaría tan fuerte si no tuviera esa pila de platos en las manos, pero lo besa, lo besa muy fuerte y le habla bajito al oído. Sigue su camino.
Al fin ha acabado su tortuoso periplo, está en el comedor.
Se agacha, guarda uno a uno los platos en el mueble oscuro, como cada semana. Los deja dentro despidiéndose de ellos hasta dentro de siete días. Cuando vuelva a emprender su viaje desde la cocina, encontrándose con los fantasmas de la soledad de la casa que tantas veces la vio soñar ilusionada.
La soledad, piensa, lo agranda todo. Y amar es estar solo.
En su paseo tambaleante se cruza con Carlos, se saludan, hablan de todo y nada al mismo tiempo, se vuelven a saludar, se dejan. Sigue su rumbo hacia el comedor que parece alejarse, la casa ha tomado una dimensión terrible. Casi ni se ve la puerta del dormitorio, la cocina quedó lejos y ese comedor que aún se niega a aparecer. Unos pasos más adelante se encuentra con su madre. Cuánto tiempo hacía que no se veían, se miran, se reconocen tocándose las manos, apenas si se dibuja una sonrisa en sus rostros detrás de el velo de lágrimas. Sigue caminando con la compañía inconfundible del perfume materno, ya debe estar cerca el comedor, piensa.
Los platos revelan cada paso, se tocan y vibran, se calman, vuelven a cantar. Se encuentra con su hijo, aquel que vive lejos, miradas, besos, lo abrazaría tan fuerte si no tuviera esa pila de platos en las manos, pero lo besa, lo besa muy fuerte y le habla bajito al oído. Sigue su camino.
Al fin ha acabado su tortuoso periplo, está en el comedor.
Se agacha, guarda uno a uno los platos en el mueble oscuro, como cada semana. Los deja dentro despidiéndose de ellos hasta dentro de siete días. Cuando vuelva a emprender su viaje desde la cocina, encontrándose con los fantasmas de la soledad de la casa que tantas veces la vio soñar ilusionada.
La soledad, piensa, lo agranda todo. Y amar es estar solo.
ANILLOS
Sí, acepto.
Era la segunda vez que se escuchaba esta frase en el último minuto. Aún retumbaba lejana la voz y los dos trataban de oír más todavía para estar seguros que aquellas palabras habían rozado sus labios un momento atrás, que era por sus gargantas que habían rodado.
Se tomaban las manos, y en ese gesto se advertía que había una terrible coincidencia. Los dos pensaban en sus propios caminos, aunque no estaban seguros del destino de los pasos del otro. Se estaban quedando juntos porque era lo que les tocaba, lo que debían hacer.
Miraban su flamante fracaso desde los ojos ilusionados de los demás. Acababan de cerrar un trato, de iniciar un pacto de silencio. Sus ojos ni se encendían con el brillo de la pasión, ni si buscaban ilusionados.
No había diferencia con la desilusión de quien compra un pan de la mañana a las nueve de la noche. Sabe que no es lo mejor que puede hacer, solo se conforma con tenerlo, sabe que no lo disfrutará como a aquel otro, pero es lo que hay.
Se besan, salen y atraviesan riendo una espesa nube de arroz.
Tú los conoces, ponles por mi los nombres. Estos, como tantos otros, no comieron perdices.
Era la segunda vez que se escuchaba esta frase en el último minuto. Aún retumbaba lejana la voz y los dos trataban de oír más todavía para estar seguros que aquellas palabras habían rozado sus labios un momento atrás, que era por sus gargantas que habían rodado.
Se tomaban las manos, y en ese gesto se advertía que había una terrible coincidencia. Los dos pensaban en sus propios caminos, aunque no estaban seguros del destino de los pasos del otro. Se estaban quedando juntos porque era lo que les tocaba, lo que debían hacer.
Miraban su flamante fracaso desde los ojos ilusionados de los demás. Acababan de cerrar un trato, de iniciar un pacto de silencio. Sus ojos ni se encendían con el brillo de la pasión, ni si buscaban ilusionados.
No había diferencia con la desilusión de quien compra un pan de la mañana a las nueve de la noche. Sabe que no es lo mejor que puede hacer, solo se conforma con tenerlo, sabe que no lo disfrutará como a aquel otro, pero es lo que hay.
Se besan, salen y atraviesan riendo una espesa nube de arroz.
Tú los conoces, ponles por mi los nombres. Estos, como tantos otros, no comieron perdices.
DIGNIDAD
Viajé a mi país y me sentí incómodamente crítico de todo cuanto veía.
Es difícil no mirarlo con ojo crítico. Uno tiene los recuerdos
guardados con tal cariño, que al ver la transfiguración de la ciudad,
de la gente, de los lugares tantísimas veces frecuentados, no puede
mirar sin pensar en el fallo, en lo cuestionable de cada detalle, en
la degradación. Si hasta los árboles parecen menos verdes.
Admiro y protejo con un manto de cariño a todos los que, a diferencia
de lo que yo hice, se quedaron soportando una terrible crisis
económica, social, psicológica, mediática, política. Ni se me
ocurriría cuestionar a estos que, por elección u opción, aguantaron,
soñaron, crecieron y jamás perdieron la esperanza.
He vivido casi toda mi vida en Argentina, es un lugar maravilloso,
aunque siento que el mundo entero es mi lugar, volvería siempre a
Argentina. Conozco a su gente y sus costumbres, he recorrido todo el
país. Estuve en cada provincia ,para quienes no sean argentinos o no
hayan ido les comento, hay 22 provincias en un país inmenso de
2.800.000 km2, un tercio de Europa entera. Ir de punta a punta es lo
mismo que viajar de Noruega a Sicilia.
Decía que conozco Argentina y a los argentinos, se cuánto les ha
importado siempre como se ve su país desde afuera. Siempre se han
mirado con los ojos de otros antes que con los propios. Es una larga
tradición y sería muy extenso explicarlo. Digamos, por resumir, que
tienen una rara sensación de emigrantes. Sienten que esta tierra
fantástica donde viven, no pertenece a la parte del mundo adonde está.
Son demasiado europeos para estar en América Latina, son demasiado
latinoamericanos para olvidarse del resto y pensar en ellos. Es así
que la opinión de un viajero está sobrevaluada, toma una dimensión
inimaginable.
Estuve hace poco tiempo allí, en mi país. No podía pasear sin fijarme
en los niños de la calle, los mismos que antes eran parte del paisaje
urbano. No podía ir al supermercado, sin detenerme a ver los carritos
vacíos. No podía ver a mis amigos romperse el alma trabajando, sin
pensar en sus magrísimos sueldos. Detrás de ese velo que lo cubre
todo, hay gente fantástica, sitios soñados y un horizonte que no hace
otra cosa más que prometer futuro. Es una cuestión de dignidad.
Es difícil evitar el telón, porque la dignidad cuando se tiene es
invisible, pero cuando no se tiene. ¡Hay que ver cómo se ve!
Es difícil no mirarlo con ojo crítico. Uno tiene los recuerdos
guardados con tal cariño, que al ver la transfiguración de la ciudad,
de la gente, de los lugares tantísimas veces frecuentados, no puede
mirar sin pensar en el fallo, en lo cuestionable de cada detalle, en
la degradación. Si hasta los árboles parecen menos verdes.
Admiro y protejo con un manto de cariño a todos los que, a diferencia
de lo que yo hice, se quedaron soportando una terrible crisis
económica, social, psicológica, mediática, política. Ni se me
ocurriría cuestionar a estos que, por elección u opción, aguantaron,
soñaron, crecieron y jamás perdieron la esperanza.
He vivido casi toda mi vida en Argentina, es un lugar maravilloso,
aunque siento que el mundo entero es mi lugar, volvería siempre a
Argentina. Conozco a su gente y sus costumbres, he recorrido todo el
país. Estuve en cada provincia ,para quienes no sean argentinos o no
hayan ido les comento, hay 22 provincias en un país inmenso de
2.800.000 km2, un tercio de Europa entera. Ir de punta a punta es lo
mismo que viajar de Noruega a Sicilia.
Decía que conozco Argentina y a los argentinos, se cuánto les ha
importado siempre como se ve su país desde afuera. Siempre se han
mirado con los ojos de otros antes que con los propios. Es una larga
tradición y sería muy extenso explicarlo. Digamos, por resumir, que
tienen una rara sensación de emigrantes. Sienten que esta tierra
fantástica donde viven, no pertenece a la parte del mundo adonde está.
Son demasiado europeos para estar en América Latina, son demasiado
latinoamericanos para olvidarse del resto y pensar en ellos. Es así
que la opinión de un viajero está sobrevaluada, toma una dimensión
inimaginable.
Estuve hace poco tiempo allí, en mi país. No podía pasear sin fijarme
en los niños de la calle, los mismos que antes eran parte del paisaje
urbano. No podía ir al supermercado, sin detenerme a ver los carritos
vacíos. No podía ver a mis amigos romperse el alma trabajando, sin
pensar en sus magrísimos sueldos. Detrás de ese velo que lo cubre
todo, hay gente fantástica, sitios soñados y un horizonte que no hace
otra cosa más que prometer futuro. Es una cuestión de dignidad.
Es difícil evitar el telón, porque la dignidad cuando se tiene es
invisible, pero cuando no se tiene. ¡Hay que ver cómo se ve!
ALZHEIMER
No, yo quiero irme a la casa de mi mamá, dejame, dejame. Ahora como la papa y me voy, seguro que me viene a buscar el tío Vicente, yo me quiero ir con mamita.
Era mi abuela la que hablaba. Pobrecita. Hacía años que no tenía mamita, ni tío Vicente ni comía “la papa”. Ella se quería ir con su mamá. Yo recién hoy la entiendo, hasta ahora no había pensado en sus palabras. Tenía Alzheimer. La cruel epidemia de nuestro tiempo, una enfermedad maldita que mata mal. Que mata una parte, que no acaba de hacer. Que va rompiendo y engaña, hace unas maniobras para que a los pobres ilusionados nos parezca que cesó, que se acabará. De repente arremete de nuevo, borrando recuerdos con la fuerza de un torbellino. Arrasa ideas, revienta gestos, rompe definitivamente los vínculos. De pronto una mirada que se pierde, que no te reconoce, que te hiela. ¿Quién sos vos? Y a vos no se te ocurre decirle la verdad, no tenés coraje de mostrarle que se equivoca, que no reconoce a su nieto. Vos le decís que haga un esfuerzo, ella te pone cualquier nombre y teminás aceptándolo sin más. Sin opción, te convrtís en esa persona. En quien sea. No tenés derecho de decirle que no, al menos no te interesa hacerlo. Te volvés Vicente, Antonio, Oscar, cualquiera. Te da igual, solo te interesa que no se preocupe, no contrariarla. Vale el trueque a cambio de tantas leches calentitas, de tantas naranjas peladas con arte maestro. Ni se compara con esas sopas de invierno, con los guiños cariñosos, con los mimos antes de taparte por milésima vez en una misma noche. Nada vale más que sus enseñanzas, que su entero y total amor.
Me quiero ir con mamita…
Claro, estaba pidiendo que la liberaran de su laberinto de caras y nombres. Quería irse, con su pasito apresurado, a otro sitio donde no le costara tanto llevar adelante cada día.
Y se fue. Un día nos estrujó el corazón y partió. Quedamos con el pecho encogido, tristes hasta el aburrimiento. Se fue un ángel, hasta se debe haber ido volando. A veces lo pienso.
Hoy volando vino, me toco la cara como siempre y me dijo: No te preocupés, estoy con mamita. ¿Y sabés qué? Me llamó por mi nombre: Vicente, Antonio, Oscar, o el que sea.
Buenas noches abuela.
Era mi abuela la que hablaba. Pobrecita. Hacía años que no tenía mamita, ni tío Vicente ni comía “la papa”. Ella se quería ir con su mamá. Yo recién hoy la entiendo, hasta ahora no había pensado en sus palabras. Tenía Alzheimer. La cruel epidemia de nuestro tiempo, una enfermedad maldita que mata mal. Que mata una parte, que no acaba de hacer. Que va rompiendo y engaña, hace unas maniobras para que a los pobres ilusionados nos parezca que cesó, que se acabará. De repente arremete de nuevo, borrando recuerdos con la fuerza de un torbellino. Arrasa ideas, revienta gestos, rompe definitivamente los vínculos. De pronto una mirada que se pierde, que no te reconoce, que te hiela. ¿Quién sos vos? Y a vos no se te ocurre decirle la verdad, no tenés coraje de mostrarle que se equivoca, que no reconoce a su nieto. Vos le decís que haga un esfuerzo, ella te pone cualquier nombre y teminás aceptándolo sin más. Sin opción, te convrtís en esa persona. En quien sea. No tenés derecho de decirle que no, al menos no te interesa hacerlo. Te volvés Vicente, Antonio, Oscar, cualquiera. Te da igual, solo te interesa que no se preocupe, no contrariarla. Vale el trueque a cambio de tantas leches calentitas, de tantas naranjas peladas con arte maestro. Ni se compara con esas sopas de invierno, con los guiños cariñosos, con los mimos antes de taparte por milésima vez en una misma noche. Nada vale más que sus enseñanzas, que su entero y total amor.
Me quiero ir con mamita…
Claro, estaba pidiendo que la liberaran de su laberinto de caras y nombres. Quería irse, con su pasito apresurado, a otro sitio donde no le costara tanto llevar adelante cada día.
Y se fue. Un día nos estrujó el corazón y partió. Quedamos con el pecho encogido, tristes hasta el aburrimiento. Se fue un ángel, hasta se debe haber ido volando. A veces lo pienso.
Hoy volando vino, me toco la cara como siempre y me dijo: No te preocupés, estoy con mamita. ¿Y sabés qué? Me llamó por mi nombre: Vicente, Antonio, Oscar, o el que sea.
Buenas noches abuela.
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