Cuando la vi me llamó la atención por su pañuelo al cuello. Se advertía un toque de elegancia que no daba el brazo a torcer a la realidad. El pelo, plateado, natural, experiencia cabello a cabello. Venía con su pasito vacilante hacia la caja, sacó un paquete de fideos, un par de calditos, una lata de tomates y una larga y escuálida barra de pan. Doce con cincuenta, sacó la cantidad exacta de su monedero y se fue caminando a la velocidad que le permite ese dolor de rodilla que parece no tener solución.
Me quedé pensando en la señora del pañuelo al cuello, en su porte digno y amable. Pensé en los fideos que haría ese día, en la ración justa de su compra. Traté de seguirla con mi carro quincenal, hasta fantaseé con la posibilidad de acercarme a darle algo para aportar a su magra bolsita.
Aquí deberían estar los economistas y síndicos que elaboran planes e informes de miles de páginas, tratando de reflejar los índices económicos. En las cajas de supermercado se ve la realidad.
Cada invierno aceptan el incremento de la pobreza, imposible de evitar en los poblados cajeros de los bancos. Convertidos en verdaeras residencias nocturnas de quienes no tienen más techo que un cartón. No señores, se puede ver a plena luz del día, en estas microscópicas operaciones comerciales.
Hoy volví a ver a la dama del pañuelo al cuello en el super, y cuando los opacos ojos de la cajera le dijeron siete con cincuenta, me di cuenta que vamos mal. Mal.
FAROLITOS
Vaya al hotel antes de que se haga de noche, me dijo.
Eran mis primeros minutos en Villazón, una ciudad olvidada, más llena de barro que de gente. Un enclave entre Argentina y Bolivia, está en territorio boliviano, pero nadie en ese país se acuerda de Villazón, menos de su gente. El puente de cien metros que la separa de La Quiaca la deja muy lejos de Argentina, la necesidad de su gente, la deja lejos de Bolivia.
El camino al hotel, por callecitas enlodadas, coronadas por monumentales torres de alumbrado público, solo se vio alterado por el ladrido de algún perro. Todo es calma en esta ciudad de gente sumisa, amable y tranquila. Hasta el reloj parecía más lento a medida que me adentraba en dirección a la plaza central.
Un par de horas más tarde la noche ya se había apropiado de todo. ¿Por qué no encienden las luces de la calle? -pregunté. Porque están ahí, pero no funcionan, me contestó con total naturalidad el conserje. Empezaba el recorrido por la ciudad de la oscuridad.
En los primeros metros me sorprendí por un telaraña de silbidos que ensordecía, una congestión sonora impresionante, sin ritmo ni sentido. Un poco más habituado, como quien adapta sus ojos tras encandilarse, empecé a diferenciar los silbidos. No se podía ver a un metro en la oscuridad opaca de Villazón. La gente se saludaba con silbidos, unos desde esta esquina, los otros desde vaya uno a saber dónde. Hasta parecían establecer pequeñas conversaciones con la intención de un silbido distinto a otro. Alguien silbaba con potencia desde un banco de la plaza y si escuchaba la respuesta, partía al encuentro de su amigo.
No podía creer lo que escuchaba, el poder de la comunicación en boca de personas que se fueron adaptando gracias a su total carencia. Menos aún, podía creer lo que había visto esa misma tarde, las torres de alumbrado colocadas por algún gobierno como si se tratara de esculturas o adornos de una promesa urbana.
Villazón y su gente, son muy pobres, expuestos al abuso de quienes prometiendo luz, van sucediéndose en la administración. Son tan pobres que no se veía una sola linterna, ni una luz que invitara a sosegar ese paseo a tientas por las calles embarradas. Tan pobres que se me ocurrió comentarlo con un joven de allí, entre silbido y silbido. Me dijo que las noches eran muy lindas en su pueblo, que se conocían todos por el metal de su silbido y que las noches de luna llena eran una verdadera fiesta. Entonces cambié de opinión, me di cuenta que la pobreza existía en los que nos dábamos cuenta que faltaba luz, pero ellos están llenos de riqueza a fuerza de pulmón. Y que sus ganas de encontrarse les enciende un farolito a cada uno, en el corazón.
Eran mis primeros minutos en Villazón, una ciudad olvidada, más llena de barro que de gente. Un enclave entre Argentina y Bolivia, está en territorio boliviano, pero nadie en ese país se acuerda de Villazón, menos de su gente. El puente de cien metros que la separa de La Quiaca la deja muy lejos de Argentina, la necesidad de su gente, la deja lejos de Bolivia.
El camino al hotel, por callecitas enlodadas, coronadas por monumentales torres de alumbrado público, solo se vio alterado por el ladrido de algún perro. Todo es calma en esta ciudad de gente sumisa, amable y tranquila. Hasta el reloj parecía más lento a medida que me adentraba en dirección a la plaza central.
Un par de horas más tarde la noche ya se había apropiado de todo. ¿Por qué no encienden las luces de la calle? -pregunté. Porque están ahí, pero no funcionan, me contestó con total naturalidad el conserje. Empezaba el recorrido por la ciudad de la oscuridad.
En los primeros metros me sorprendí por un telaraña de silbidos que ensordecía, una congestión sonora impresionante, sin ritmo ni sentido. Un poco más habituado, como quien adapta sus ojos tras encandilarse, empecé a diferenciar los silbidos. No se podía ver a un metro en la oscuridad opaca de Villazón. La gente se saludaba con silbidos, unos desde esta esquina, los otros desde vaya uno a saber dónde. Hasta parecían establecer pequeñas conversaciones con la intención de un silbido distinto a otro. Alguien silbaba con potencia desde un banco de la plaza y si escuchaba la respuesta, partía al encuentro de su amigo.
No podía creer lo que escuchaba, el poder de la comunicación en boca de personas que se fueron adaptando gracias a su total carencia. Menos aún, podía creer lo que había visto esa misma tarde, las torres de alumbrado colocadas por algún gobierno como si se tratara de esculturas o adornos de una promesa urbana.
Villazón y su gente, son muy pobres, expuestos al abuso de quienes prometiendo luz, van sucediéndose en la administración. Son tan pobres que no se veía una sola linterna, ni una luz que invitara a sosegar ese paseo a tientas por las calles embarradas. Tan pobres que se me ocurrió comentarlo con un joven de allí, entre silbido y silbido. Me dijo que las noches eran muy lindas en su pueblo, que se conocían todos por el metal de su silbido y que las noches de luna llena eran una verdadera fiesta. Entonces cambié de opinión, me di cuenta que la pobreza existía en los que nos dábamos cuenta que faltaba luz, pero ellos están llenos de riqueza a fuerza de pulmón. Y que sus ganas de encontrarse les enciende un farolito a cada uno, en el corazón.
DESTIERRO
Cuánto hace que dejaste tu país?
Sin tiempo para pensar una respuesta, el pintor contesta: 32 años. Se le ve en los ojos que siempre tiene la respuesta lista, que cada día repasa la suma y sería incapaz de equivocarse en una sola hora el tiempo que lleva lejos de su tierra.
Ni tres largas décadas han sido capaces de hacerle olvidar el olor de Montevideo, los colores de los barcos que se mecían en el puerto aquel miércoles ventoso de abril, cuando él zarpaba a tierras lejanas. No importaba a dónde, pues bastó salir a mar abierto para estar lejos. Para ausentarse, para estrenar la vida de una nueva persona. La de aquel hombre gris que piensa en volver, cada día, desde hace 32 años.
Con el tiempo se fue acostumbrando al sabor de la cerveza, al café más cargado, a saludar con un golpe de cabeza en vez de cruzar miradas, sonrisas y palabras. Se acostumbró a ver el fútbol sin apenas un poquito de pasión, a vivir en una casa pequeña y a tener una vida común.
El pintor fue tomando los colores de la ciudad que lo acogió, fue dando a los estridentes tonos latinos de su infancia, una vuelco hacia los grises y ocres importados made in europe.
Parece de aquí, pero seguirá siendo siempre de allí.
Cada día ,desde hace 32 años, quisiera estar un rato en su país, sin otro motivo que pararse frente a la tumba de su padre para hacerle una sola pregunta. Cada día, desde hace 32 años, sueña que se para en ese lugar sagrado y dice: Papá, estás orgulloso de mi?
Carlos, amigo, pintor, yo se que a cada minuto, en cada instante, desde donde sea, tu padre está orgulloso de ese muchacho que cuenta las horas de ausencia de su Montevideo natal. Solo cerrá los ojos y escuchalo. Sumar tiempo no es sumar amor. O sí.
Sin tiempo para pensar una respuesta, el pintor contesta: 32 años. Se le ve en los ojos que siempre tiene la respuesta lista, que cada día repasa la suma y sería incapaz de equivocarse en una sola hora el tiempo que lleva lejos de su tierra.
Ni tres largas décadas han sido capaces de hacerle olvidar el olor de Montevideo, los colores de los barcos que se mecían en el puerto aquel miércoles ventoso de abril, cuando él zarpaba a tierras lejanas. No importaba a dónde, pues bastó salir a mar abierto para estar lejos. Para ausentarse, para estrenar la vida de una nueva persona. La de aquel hombre gris que piensa en volver, cada día, desde hace 32 años.
Con el tiempo se fue acostumbrando al sabor de la cerveza, al café más cargado, a saludar con un golpe de cabeza en vez de cruzar miradas, sonrisas y palabras. Se acostumbró a ver el fútbol sin apenas un poquito de pasión, a vivir en una casa pequeña y a tener una vida común.
El pintor fue tomando los colores de la ciudad que lo acogió, fue dando a los estridentes tonos latinos de su infancia, una vuelco hacia los grises y ocres importados made in europe.
Parece de aquí, pero seguirá siendo siempre de allí.
Cada día ,desde hace 32 años, quisiera estar un rato en su país, sin otro motivo que pararse frente a la tumba de su padre para hacerle una sola pregunta. Cada día, desde hace 32 años, sueña que se para en ese lugar sagrado y dice: Papá, estás orgulloso de mi?
Carlos, amigo, pintor, yo se que a cada minuto, en cada instante, desde donde sea, tu padre está orgulloso de ese muchacho que cuenta las horas de ausencia de su Montevideo natal. Solo cerrá los ojos y escuchalo. Sumar tiempo no es sumar amor. O sí.
ESPANTAPÁJAROS
Mi abuelo era un espantapájaros.
Asustaba a cualquiera. Él dejaba que se acercaran un poco, con su aspecto afable edificado bajo el sombrero. Era difícil encontrarle el lado flaco, se encargaba de contarle las costillas a quien se pusiera enfrente con una maestría que sorprendería a Sherlock Holmes. Sabía de donde venía la gente, qué hacía en el medio y hacia dónde iría luego. Lo percibía en el aire.
Si de repente sentía el aroma de la insensatez, tiraba una mirada como latigazo que hacía que quien estuviera enfrente se despidiera reconociendo vaya a saber qué error. Se espantaba y salía volando.
Mi abuelo, ese hombre de pocas palabras, seguro eran pocas porque se encargaba de cumplirlas y ser consecuente con cada una de ellas, era un espantapájaros. Con una imagen imponente, bastaba acercarse sin miedo y conocerle para saber que era de trapo, sencillo, blando. Con un corazón que de grande se le podía salir de la camisa en cualquier instante. Con perseverancia protegía un solo huerto, el de la familia.
A la sombra de aquel hombretón de sombrero perenne, nacieron plantas. Sus plantas, unas dulces, otras no, unas picantes, otras plantas, nada más. Las plantas del gran espantapájaros crecieron hasta dar sus frutos. Del mismo modo fueron naciendo, unos dulces otros no.
Aquí está uno de ellos. A veces cierro los ojos ante un peligro y se que él se encarga de espantar a quien aceche, los abro y veo alejarse la sombra larga con sombrero. Mi abuelo es un gran espantapájaros.
Asustaba a cualquiera. Él dejaba que se acercaran un poco, con su aspecto afable edificado bajo el sombrero. Era difícil encontrarle el lado flaco, se encargaba de contarle las costillas a quien se pusiera enfrente con una maestría que sorprendería a Sherlock Holmes. Sabía de donde venía la gente, qué hacía en el medio y hacia dónde iría luego. Lo percibía en el aire.
Si de repente sentía el aroma de la insensatez, tiraba una mirada como latigazo que hacía que quien estuviera enfrente se despidiera reconociendo vaya a saber qué error. Se espantaba y salía volando.
Mi abuelo, ese hombre de pocas palabras, seguro eran pocas porque se encargaba de cumplirlas y ser consecuente con cada una de ellas, era un espantapájaros. Con una imagen imponente, bastaba acercarse sin miedo y conocerle para saber que era de trapo, sencillo, blando. Con un corazón que de grande se le podía salir de la camisa en cualquier instante. Con perseverancia protegía un solo huerto, el de la familia.
A la sombra de aquel hombretón de sombrero perenne, nacieron plantas. Sus plantas, unas dulces, otras no, unas picantes, otras plantas, nada más. Las plantas del gran espantapájaros crecieron hasta dar sus frutos. Del mismo modo fueron naciendo, unos dulces otros no.
Aquí está uno de ellos. A veces cierro los ojos ante un peligro y se que él se encarga de espantar a quien aceche, los abro y veo alejarse la sombra larga con sombrero. Mi abuelo es un gran espantapájaros.
SOLEDAD
Ella camina de la cocina al comedor, se la ve tan vacilante que hace pensar que no conoce el camino. En sus manos la pila de platos canta en un tintinear sinfónico. La melodía rebota en cada rincón de la casa, sube vaporizado y vuelve al tocar en el ángulo donde la pared se vuelve techo.
En su paseo tambaleante se cruza con Carlos, se saludan, hablan de todo y nada al mismo tiempo, se vuelven a saludar, se dejan. Sigue su rumbo hacia el comedor que parece alejarse, la casa ha tomado una dimensión terrible. Casi ni se ve la puerta del dormitorio, la cocina quedó lejos y ese comedor que aún se niega a aparecer. Unos pasos más adelante se encuentra con su madre. Cuánto tiempo hacía que no se veían, se miran, se reconocen tocándose las manos, apenas si se dibuja una sonrisa en sus rostros detrás de el velo de lágrimas. Sigue caminando con la compañía inconfundible del perfume materno, ya debe estar cerca el comedor, piensa.
Los platos revelan cada paso, se tocan y vibran, se calman, vuelven a cantar. Se encuentra con su hijo, aquel que vive lejos, miradas, besos, lo abrazaría tan fuerte si no tuviera esa pila de platos en las manos, pero lo besa, lo besa muy fuerte y le habla bajito al oído. Sigue su camino.
Al fin ha acabado su tortuoso periplo, está en el comedor.
Se agacha, guarda uno a uno los platos en el mueble oscuro, como cada semana. Los deja dentro despidiéndose de ellos hasta dentro de siete días. Cuando vuelva a emprender su viaje desde la cocina, encontrándose con los fantasmas de la soledad de la casa que tantas veces la vio soñar ilusionada.
La soledad, piensa, lo agranda todo. Y amar es estar solo.
En su paseo tambaleante se cruza con Carlos, se saludan, hablan de todo y nada al mismo tiempo, se vuelven a saludar, se dejan. Sigue su rumbo hacia el comedor que parece alejarse, la casa ha tomado una dimensión terrible. Casi ni se ve la puerta del dormitorio, la cocina quedó lejos y ese comedor que aún se niega a aparecer. Unos pasos más adelante se encuentra con su madre. Cuánto tiempo hacía que no se veían, se miran, se reconocen tocándose las manos, apenas si se dibuja una sonrisa en sus rostros detrás de el velo de lágrimas. Sigue caminando con la compañía inconfundible del perfume materno, ya debe estar cerca el comedor, piensa.
Los platos revelan cada paso, se tocan y vibran, se calman, vuelven a cantar. Se encuentra con su hijo, aquel que vive lejos, miradas, besos, lo abrazaría tan fuerte si no tuviera esa pila de platos en las manos, pero lo besa, lo besa muy fuerte y le habla bajito al oído. Sigue su camino.
Al fin ha acabado su tortuoso periplo, está en el comedor.
Se agacha, guarda uno a uno los platos en el mueble oscuro, como cada semana. Los deja dentro despidiéndose de ellos hasta dentro de siete días. Cuando vuelva a emprender su viaje desde la cocina, encontrándose con los fantasmas de la soledad de la casa que tantas veces la vio soñar ilusionada.
La soledad, piensa, lo agranda todo. Y amar es estar solo.
ANILLOS
Sí, acepto.
Era la segunda vez que se escuchaba esta frase en el último minuto. Aún retumbaba lejana la voz y los dos trataban de oír más todavía para estar seguros que aquellas palabras habían rozado sus labios un momento atrás, que era por sus gargantas que habían rodado.
Se tomaban las manos, y en ese gesto se advertía que había una terrible coincidencia. Los dos pensaban en sus propios caminos, aunque no estaban seguros del destino de los pasos del otro. Se estaban quedando juntos porque era lo que les tocaba, lo que debían hacer.
Miraban su flamante fracaso desde los ojos ilusionados de los demás. Acababan de cerrar un trato, de iniciar un pacto de silencio. Sus ojos ni se encendían con el brillo de la pasión, ni si buscaban ilusionados.
No había diferencia con la desilusión de quien compra un pan de la mañana a las nueve de la noche. Sabe que no es lo mejor que puede hacer, solo se conforma con tenerlo, sabe que no lo disfrutará como a aquel otro, pero es lo que hay.
Se besan, salen y atraviesan riendo una espesa nube de arroz.
Tú los conoces, ponles por mi los nombres. Estos, como tantos otros, no comieron perdices.
Era la segunda vez que se escuchaba esta frase en el último minuto. Aún retumbaba lejana la voz y los dos trataban de oír más todavía para estar seguros que aquellas palabras habían rozado sus labios un momento atrás, que era por sus gargantas que habían rodado.
Se tomaban las manos, y en ese gesto se advertía que había una terrible coincidencia. Los dos pensaban en sus propios caminos, aunque no estaban seguros del destino de los pasos del otro. Se estaban quedando juntos porque era lo que les tocaba, lo que debían hacer.
Miraban su flamante fracaso desde los ojos ilusionados de los demás. Acababan de cerrar un trato, de iniciar un pacto de silencio. Sus ojos ni se encendían con el brillo de la pasión, ni si buscaban ilusionados.
No había diferencia con la desilusión de quien compra un pan de la mañana a las nueve de la noche. Sabe que no es lo mejor que puede hacer, solo se conforma con tenerlo, sabe que no lo disfrutará como a aquel otro, pero es lo que hay.
Se besan, salen y atraviesan riendo una espesa nube de arroz.
Tú los conoces, ponles por mi los nombres. Estos, como tantos otros, no comieron perdices.
DIGNIDAD
Viajé a mi país y me sentí incómodamente crítico de todo cuanto veía.
Es difícil no mirarlo con ojo crítico. Uno tiene los recuerdos
guardados con tal cariño, que al ver la transfiguración de la ciudad,
de la gente, de los lugares tantísimas veces frecuentados, no puede
mirar sin pensar en el fallo, en lo cuestionable de cada detalle, en
la degradación. Si hasta los árboles parecen menos verdes.
Admiro y protejo con un manto de cariño a todos los que, a diferencia
de lo que yo hice, se quedaron soportando una terrible crisis
económica, social, psicológica, mediática, política. Ni se me
ocurriría cuestionar a estos que, por elección u opción, aguantaron,
soñaron, crecieron y jamás perdieron la esperanza.
He vivido casi toda mi vida en Argentina, es un lugar maravilloso,
aunque siento que el mundo entero es mi lugar, volvería siempre a
Argentina. Conozco a su gente y sus costumbres, he recorrido todo el
país. Estuve en cada provincia ,para quienes no sean argentinos o no
hayan ido les comento, hay 22 provincias en un país inmenso de
2.800.000 km2, un tercio de Europa entera. Ir de punta a punta es lo
mismo que viajar de Noruega a Sicilia.
Decía que conozco Argentina y a los argentinos, se cuánto les ha
importado siempre como se ve su país desde afuera. Siempre se han
mirado con los ojos de otros antes que con los propios. Es una larga
tradición y sería muy extenso explicarlo. Digamos, por resumir, que
tienen una rara sensación de emigrantes. Sienten que esta tierra
fantástica donde viven, no pertenece a la parte del mundo adonde está.
Son demasiado europeos para estar en América Latina, son demasiado
latinoamericanos para olvidarse del resto y pensar en ellos. Es así
que la opinión de un viajero está sobrevaluada, toma una dimensión
inimaginable.
Estuve hace poco tiempo allí, en mi país. No podía pasear sin fijarme
en los niños de la calle, los mismos que antes eran parte del paisaje
urbano. No podía ir al supermercado, sin detenerme a ver los carritos
vacíos. No podía ver a mis amigos romperse el alma trabajando, sin
pensar en sus magrísimos sueldos. Detrás de ese velo que lo cubre
todo, hay gente fantástica, sitios soñados y un horizonte que no hace
otra cosa más que prometer futuro. Es una cuestión de dignidad.
Es difícil evitar el telón, porque la dignidad cuando se tiene es
invisible, pero cuando no se tiene. ¡Hay que ver cómo se ve!
Es difícil no mirarlo con ojo crítico. Uno tiene los recuerdos
guardados con tal cariño, que al ver la transfiguración de la ciudad,
de la gente, de los lugares tantísimas veces frecuentados, no puede
mirar sin pensar en el fallo, en lo cuestionable de cada detalle, en
la degradación. Si hasta los árboles parecen menos verdes.
Admiro y protejo con un manto de cariño a todos los que, a diferencia
de lo que yo hice, se quedaron soportando una terrible crisis
económica, social, psicológica, mediática, política. Ni se me
ocurriría cuestionar a estos que, por elección u opción, aguantaron,
soñaron, crecieron y jamás perdieron la esperanza.
He vivido casi toda mi vida en Argentina, es un lugar maravilloso,
aunque siento que el mundo entero es mi lugar, volvería siempre a
Argentina. Conozco a su gente y sus costumbres, he recorrido todo el
país. Estuve en cada provincia ,para quienes no sean argentinos o no
hayan ido les comento, hay 22 provincias en un país inmenso de
2.800.000 km2, un tercio de Europa entera. Ir de punta a punta es lo
mismo que viajar de Noruega a Sicilia.
Decía que conozco Argentina y a los argentinos, se cuánto les ha
importado siempre como se ve su país desde afuera. Siempre se han
mirado con los ojos de otros antes que con los propios. Es una larga
tradición y sería muy extenso explicarlo. Digamos, por resumir, que
tienen una rara sensación de emigrantes. Sienten que esta tierra
fantástica donde viven, no pertenece a la parte del mundo adonde está.
Son demasiado europeos para estar en América Latina, son demasiado
latinoamericanos para olvidarse del resto y pensar en ellos. Es así
que la opinión de un viajero está sobrevaluada, toma una dimensión
inimaginable.
Estuve hace poco tiempo allí, en mi país. No podía pasear sin fijarme
en los niños de la calle, los mismos que antes eran parte del paisaje
urbano. No podía ir al supermercado, sin detenerme a ver los carritos
vacíos. No podía ver a mis amigos romperse el alma trabajando, sin
pensar en sus magrísimos sueldos. Detrás de ese velo que lo cubre
todo, hay gente fantástica, sitios soñados y un horizonte que no hace
otra cosa más que prometer futuro. Es una cuestión de dignidad.
Es difícil evitar el telón, porque la dignidad cuando se tiene es
invisible, pero cuando no se tiene. ¡Hay que ver cómo se ve!
ALZHEIMER
No, yo quiero irme a la casa de mi mamá, dejame, dejame. Ahora como la papa y me voy, seguro que me viene a buscar el tío Vicente, yo me quiero ir con mamita.
Era mi abuela la que hablaba. Pobrecita. Hacía años que no tenía mamita, ni tío Vicente ni comía “la papa”. Ella se quería ir con su mamá. Yo recién hoy la entiendo, hasta ahora no había pensado en sus palabras. Tenía Alzheimer. La cruel epidemia de nuestro tiempo, una enfermedad maldita que mata mal. Que mata una parte, que no acaba de hacer. Que va rompiendo y engaña, hace unas maniobras para que a los pobres ilusionados nos parezca que cesó, que se acabará. De repente arremete de nuevo, borrando recuerdos con la fuerza de un torbellino. Arrasa ideas, revienta gestos, rompe definitivamente los vínculos. De pronto una mirada que se pierde, que no te reconoce, que te hiela. ¿Quién sos vos? Y a vos no se te ocurre decirle la verdad, no tenés coraje de mostrarle que se equivoca, que no reconoce a su nieto. Vos le decís que haga un esfuerzo, ella te pone cualquier nombre y teminás aceptándolo sin más. Sin opción, te convrtís en esa persona. En quien sea. No tenés derecho de decirle que no, al menos no te interesa hacerlo. Te volvés Vicente, Antonio, Oscar, cualquiera. Te da igual, solo te interesa que no se preocupe, no contrariarla. Vale el trueque a cambio de tantas leches calentitas, de tantas naranjas peladas con arte maestro. Ni se compara con esas sopas de invierno, con los guiños cariñosos, con los mimos antes de taparte por milésima vez en una misma noche. Nada vale más que sus enseñanzas, que su entero y total amor.
Me quiero ir con mamita…
Claro, estaba pidiendo que la liberaran de su laberinto de caras y nombres. Quería irse, con su pasito apresurado, a otro sitio donde no le costara tanto llevar adelante cada día.
Y se fue. Un día nos estrujó el corazón y partió. Quedamos con el pecho encogido, tristes hasta el aburrimiento. Se fue un ángel, hasta se debe haber ido volando. A veces lo pienso.
Hoy volando vino, me toco la cara como siempre y me dijo: No te preocupés, estoy con mamita. ¿Y sabés qué? Me llamó por mi nombre: Vicente, Antonio, Oscar, o el que sea.
Buenas noches abuela.
Era mi abuela la que hablaba. Pobrecita. Hacía años que no tenía mamita, ni tío Vicente ni comía “la papa”. Ella se quería ir con su mamá. Yo recién hoy la entiendo, hasta ahora no había pensado en sus palabras. Tenía Alzheimer. La cruel epidemia de nuestro tiempo, una enfermedad maldita que mata mal. Que mata una parte, que no acaba de hacer. Que va rompiendo y engaña, hace unas maniobras para que a los pobres ilusionados nos parezca que cesó, que se acabará. De repente arremete de nuevo, borrando recuerdos con la fuerza de un torbellino. Arrasa ideas, revienta gestos, rompe definitivamente los vínculos. De pronto una mirada que se pierde, que no te reconoce, que te hiela. ¿Quién sos vos? Y a vos no se te ocurre decirle la verdad, no tenés coraje de mostrarle que se equivoca, que no reconoce a su nieto. Vos le decís que haga un esfuerzo, ella te pone cualquier nombre y teminás aceptándolo sin más. Sin opción, te convrtís en esa persona. En quien sea. No tenés derecho de decirle que no, al menos no te interesa hacerlo. Te volvés Vicente, Antonio, Oscar, cualquiera. Te da igual, solo te interesa que no se preocupe, no contrariarla. Vale el trueque a cambio de tantas leches calentitas, de tantas naranjas peladas con arte maestro. Ni se compara con esas sopas de invierno, con los guiños cariñosos, con los mimos antes de taparte por milésima vez en una misma noche. Nada vale más que sus enseñanzas, que su entero y total amor.
Me quiero ir con mamita…
Claro, estaba pidiendo que la liberaran de su laberinto de caras y nombres. Quería irse, con su pasito apresurado, a otro sitio donde no le costara tanto llevar adelante cada día.
Y se fue. Un día nos estrujó el corazón y partió. Quedamos con el pecho encogido, tristes hasta el aburrimiento. Se fue un ángel, hasta se debe haber ido volando. A veces lo pienso.
Hoy volando vino, me toco la cara como siempre y me dijo: No te preocupés, estoy con mamita. ¿Y sabés qué? Me llamó por mi nombre: Vicente, Antonio, Oscar, o el que sea.
Buenas noches abuela.
EL MAESTRO DE LAS PIEDRAS
Perdido en medio de la cordillera de los andes, perdido con ganas, olvidado por naturaleza, secreto en cientos de corazones. Silencioso y perenne, digamos que no se levanta ni se erige, sino más bien se desparrama como puede entre medio de las montañas; Divisadero, un entrañable y minúsculo pueblito.
Allí, a ese lugar tan alejado de la mano de Dios, pero tan cercano a su corazón, llegó un hombrecito lleno de sueños, rebosante de magia. Hombrecito por su edad, por lo pequeño que se veía con semejante escenografía. Hombre cabal y total, visto por sus ideales, por su entrega, por su carácter inquebrantable.
Recibido de maestro normal con tan solo 17 años, se metió en el corazón de la roca dispuesto a llevar cultura a esa gente desprotegida y curtida. Gente trabajadora, castigada por el frío y capaz de cubrir sus necesidades con una imaginación apenas más grande que sus bondad.
El comienzo fue duro, como todo comienzo, pero este además sucedió en un lugar particularmente hostil. Donde el frío entra sin permiso, el agua no llega ni con permiso y un polvo que parece talco se mete en los ojos para toda la vida.
Fueron llegando los alumnitos, trazando venas en los cerros, unos a caballo, alguno en bicicleta y todos los demás a pie. Caminaban kilómetros para llegar a su encuentro con el maestro. Unos eran alumnitos y otros alumnos nomás, tanto tiempo sin maestro había llenado de años a los postulantes, que se repartían en el aula única para aprender todos a un mismo tiempo los secretos de la palabra escrita, la magia de la historia, los caprichos de los números y poquito más. Pero para esta gete, esa primera enseñanza lo era todo, lo fue todo y sigue siéndolo. El maestro con paciencia fue tallando la piedra bruta de cada alumno con la intención de llegar al diamante de sus corazones. Sacándoles la cáscara de incultura, frotando con cariño para alcanzar el brillo.
Cuatro décadas después, esos hombres, ancianos muchos, ese puñado de instruidos del medio de los cerros quiso devolverle como podía la dedicación, comprensión y amor al hombre de blanco que azotaba la campana de la escuelita de adobe cada mañana. Así le dedicaron una plaza, la única plaza de Divisadero y posiblemente la única en kilómetros. Un milagro entre las piedras.
Deben haber sido las siete de la tarde, el sol engaña al reloj en esos páramos cordilleranos, cuando la Plaza Maestro José Gregorio Vargas comenzó a llamarse así. Los alumnos abrazaban con emoción al maestro. Y por las lágrimas de éste, podía advertirse que el polvo que parece talco, se le había metido en los ojos para toda la vida.
Allí, a ese lugar tan alejado de la mano de Dios, pero tan cercano a su corazón, llegó un hombrecito lleno de sueños, rebosante de magia. Hombrecito por su edad, por lo pequeño que se veía con semejante escenografía. Hombre cabal y total, visto por sus ideales, por su entrega, por su carácter inquebrantable.
Recibido de maestro normal con tan solo 17 años, se metió en el corazón de la roca dispuesto a llevar cultura a esa gente desprotegida y curtida. Gente trabajadora, castigada por el frío y capaz de cubrir sus necesidades con una imaginación apenas más grande que sus bondad.
El comienzo fue duro, como todo comienzo, pero este además sucedió en un lugar particularmente hostil. Donde el frío entra sin permiso, el agua no llega ni con permiso y un polvo que parece talco se mete en los ojos para toda la vida.
Fueron llegando los alumnitos, trazando venas en los cerros, unos a caballo, alguno en bicicleta y todos los demás a pie. Caminaban kilómetros para llegar a su encuentro con el maestro. Unos eran alumnitos y otros alumnos nomás, tanto tiempo sin maestro había llenado de años a los postulantes, que se repartían en el aula única para aprender todos a un mismo tiempo los secretos de la palabra escrita, la magia de la historia, los caprichos de los números y poquito más. Pero para esta gete, esa primera enseñanza lo era todo, lo fue todo y sigue siéndolo. El maestro con paciencia fue tallando la piedra bruta de cada alumno con la intención de llegar al diamante de sus corazones. Sacándoles la cáscara de incultura, frotando con cariño para alcanzar el brillo.
Cuatro décadas después, esos hombres, ancianos muchos, ese puñado de instruidos del medio de los cerros quiso devolverle como podía la dedicación, comprensión y amor al hombre de blanco que azotaba la campana de la escuelita de adobe cada mañana. Así le dedicaron una plaza, la única plaza de Divisadero y posiblemente la única en kilómetros. Un milagro entre las piedras.
Deben haber sido las siete de la tarde, el sol engaña al reloj en esos páramos cordilleranos, cuando la Plaza Maestro José Gregorio Vargas comenzó a llamarse así. Los alumnos abrazaban con emoción al maestro. Y por las lágrimas de éste, podía advertirse que el polvo que parece talco, se le había metido en los ojos para toda la vida.
NIÑO
Esfuérzate cuanto puedas.
Haz que todos los sueños se hagan realidad.
Mírame a los ojos y dime que no es posible, que no te sale, que
abandonas, que claudicas…
Soy el niño que fuiste, soy el chico que desde un rincón del corazón te dice:
¿Estas cansado?
¡Pues yo no, así que iremos a más!
¿Quién se atreve a decepcionarlo?
¿Quién es capaz de decirle que no tiene tiempo de escucharlo?
¿Quién puede darle la espalda?
Te deseo que escuches esa vocecita cada vez que flaqueen tus fuerzas, cada vez que se te nuble el horizonte, cuando se te vuelva borroso el mapa.
Ahi está siempre ese niño hablándote, pidiéndote más. Recordándote cómo era el plan.
A mi me dice siempre que te escriba, que lo hemos deseado siempre, que te ayude a salir adelante.
Ahora me está hablando, me dice que te diga que te quiero, que te recuerdo siempre, que eres muy importante para mi.
Tómalo en mis palabras, eres muy importante, tú y tu niño.
Haz que todos los sueños se hagan realidad.
Mírame a los ojos y dime que no es posible, que no te sale, que
abandonas, que claudicas…
Soy el niño que fuiste, soy el chico que desde un rincón del corazón te dice:
¿Estas cansado?
¡Pues yo no, así que iremos a más!
¿Quién se atreve a decepcionarlo?
¿Quién es capaz de decirle que no tiene tiempo de escucharlo?
¿Quién puede darle la espalda?
Te deseo que escuches esa vocecita cada vez que flaqueen tus fuerzas, cada vez que se te nuble el horizonte, cuando se te vuelva borroso el mapa.
Ahi está siempre ese niño hablándote, pidiéndote más. Recordándote cómo era el plan.
A mi me dice siempre que te escriba, que lo hemos deseado siempre, que te ayude a salir adelante.
Ahora me está hablando, me dice que te diga que te quiero, que te recuerdo siempre, que eres muy importante para mi.
Tómalo en mis palabras, eres muy importante, tú y tu niño.
COPAS
Conozco un tipo que diferencia el olor a melocotón del que tiene el albaricoque, durazno y damasco. Tiene un olfato tan fino que puede describirte los treinta aromas que libera un vino. Un tipo tan mágico que encuentra musas en una copa, capaz de ver duendes dibujados en el cristal. Tan sensible es mi amigo que cuando queda una gota rodando por la copa, a él se le escapan dos de los ojos.
Este hombre que te espera, luego del deseado regreso a tu país, con una montaña de empanadas hechas a las siete de la mañana, lo merece todo. Este brutal compañero que se fue a Londres a ver al amigo que la estaba pasando mal, para regalar un nuevo abrazo. Abrazos capaces de salvar a cualquiera, los mismos que nos diera cuando un 31 de enero mi tío nos dijo adiós, o no nos lo dijo, pero tuvimos que ir nosotros a decírselo, con él claro. Este tipo les puedo asegurar que es increíblemente generoso, lo dio todo y lo volvió a construir mil veces. Yo se muy bien que cada vez, lo hizo para darlo de nuevo. Para abrazar.
Alberto, enólogo, Mono como te gusta a vos. Te fuiste y no pude aprender a diferenciar el olor del melocotón del albaricoque, el del cuero y el del roble. Me perdí la receta de las empanadas, se me olvidaron tantas cosas.
Pero mi querido amigo, me dejaste el olor de la amistad. Cada vez que te recuerdo lo siento, cada vez que lo siento, me parece verte del otro lado de la mesa, con la cara larga a través del cristal de mi copa. Salud amigo, me imagino que nos estarás esperando con un banquete allí arriba, nos vemos hermano.
Este hombre que te espera, luego del deseado regreso a tu país, con una montaña de empanadas hechas a las siete de la mañana, lo merece todo. Este brutal compañero que se fue a Londres a ver al amigo que la estaba pasando mal, para regalar un nuevo abrazo. Abrazos capaces de salvar a cualquiera, los mismos que nos diera cuando un 31 de enero mi tío nos dijo adiós, o no nos lo dijo, pero tuvimos que ir nosotros a decírselo, con él claro. Este tipo les puedo asegurar que es increíblemente generoso, lo dio todo y lo volvió a construir mil veces. Yo se muy bien que cada vez, lo hizo para darlo de nuevo. Para abrazar.
Alberto, enólogo, Mono como te gusta a vos. Te fuiste y no pude aprender a diferenciar el olor del melocotón del albaricoque, el del cuero y el del roble. Me perdí la receta de las empanadas, se me olvidaron tantas cosas.
Pero mi querido amigo, me dejaste el olor de la amistad. Cada vez que te recuerdo lo siento, cada vez que lo siento, me parece verte del otro lado de la mesa, con la cara larga a través del cristal de mi copa. Salud amigo, me imagino que nos estarás esperando con un banquete allí arriba, nos vemos hermano.
CONTESTADOR
Tuuuuuu... Tuuuuuuu.... Biiip...
Este es el contestador automático de mi alma, después de la señal deja tu mensaje, lo siento pero en este momento no puede atenderte. Este contestador se activa cada vez que mi alma se hace la distraída y se olvida de aparecer por aquí. Algunas veces se pone en funcionamiento cuando veo un niño descalzo y no soy capaz de emocionarme. Otras lo hace si no escucho el llamado de un amigo que, a su modo, me pide que le de una mano. Un día se encendió cuando no tuve palabras para responder a un te quiero. Se conecta a veces, cuando veo un iraquí sufriendo horribles atentados y no me convierto en iraquí. Cuando no soy capaz de transformarme en aborigen, si veo aborígenes sin oportunidades. Cuando hay hambre y ni me da una cosquillita en las tripas. Cuando pide comprensión un enfermo y no escucho su voz. Cuando se que en Sudán la desesperación se apodera de miles de personas y no puedo sentirme sudanés. Cuando me vuelvo sordo ante el llanto de un niño.
Si lo encuentras activado, por favor déjame tu mensaje, dime que estoy ausente, que me estoy perdiendo lo más importante de la vida. Se me hace difícil controlarlo, alguna vez se echó a andar solo, cuando me sequé una lágrima sin siquiera pensar en lo que me la produjo. Tantas veces me encontré con el contestador lleno, luego de ocuparme de lo urgente antes que de lo importante.
Amigo, me importa escucharte. Si alguna vez te topas con el contestador, deja pasar un momento y, por favor, dame otra oportunidad. Gracias. Biiiip...
Este es el contestador automático de mi alma, después de la señal deja tu mensaje, lo siento pero en este momento no puede atenderte. Este contestador se activa cada vez que mi alma se hace la distraída y se olvida de aparecer por aquí. Algunas veces se pone en funcionamiento cuando veo un niño descalzo y no soy capaz de emocionarme. Otras lo hace si no escucho el llamado de un amigo que, a su modo, me pide que le de una mano. Un día se encendió cuando no tuve palabras para responder a un te quiero. Se conecta a veces, cuando veo un iraquí sufriendo horribles atentados y no me convierto en iraquí. Cuando no soy capaz de transformarme en aborigen, si veo aborígenes sin oportunidades. Cuando hay hambre y ni me da una cosquillita en las tripas. Cuando pide comprensión un enfermo y no escucho su voz. Cuando se que en Sudán la desesperación se apodera de miles de personas y no puedo sentirme sudanés. Cuando me vuelvo sordo ante el llanto de un niño.
Si lo encuentras activado, por favor déjame tu mensaje, dime que estoy ausente, que me estoy perdiendo lo más importante de la vida. Se me hace difícil controlarlo, alguna vez se echó a andar solo, cuando me sequé una lágrima sin siquiera pensar en lo que me la produjo. Tantas veces me encontré con el contestador lleno, luego de ocuparme de lo urgente antes que de lo importante.
Amigo, me importa escucharte. Si alguna vez te topas con el contestador, deja pasar un momento y, por favor, dame otra oportunidad. Gracias. Biiiip...
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